Hola

Este año me decidí y empecé a escribir. Lo quiero compartir contigo.

viernes, 26 de septiembre de 2014

26 de setiembre en Montevideo



Era una espléndida tarde de primavera. No muy calurosa pero con bastante viento. Decidí ir al centro, a la plaza Independencia para ser más precisos. Y ver un poco la movida previa a la Marcha por la Diversidad que habría de ocurrir sobre las 19.00 horas.
Ya desde varias cuadras antes de la plaza se notaba un ambiente agradable, tranquilo. Mucha gente caminando por las aceras. Las banderas multicolores ondeando en las esquinas. La plaza con sus puestos de artesanías y toda la movida de información.
Me concentré en observar a las personas que caminaban desde y hacia la plaza. Y si, la diversidad se veía por todos lados. Personas mayores, adultos jóvenes y adolescentes. Vestidos de manera tradicional y vestidos muy llamativos. Y una gran variedad de peinados y cortes de pelo. Pelo rojo, violeta, mechas azules, largo en un costado y muy corto en el otro, rastas.
Me puse a pensar en la gran riqueza que aporta la diversidad. Y no digo solamente la diversidad sexual. Me refiero a todos los colores que somos capaces de mostrar los seres humanos. Un amplio abanico, una paleta de pintor, un verdadero arco iris que no llega a abarcar la belleza del conjunto.
Y también pensé, que somos uno de los afortunados países libres en los que podemos expresarnos y mostrarnos tal y como somos, sin temor a ser golpeados, apaleados y matados por ser diferentes.
En estos momentos, en que en algunos lugares, ser homosexual se condena con la pena de muerte, más que nunca debemos levantar la bandera, la multicolor, ¿sabés? La que nos envuelve y da cabida a todos. Los lindos y los feos, los jóvenes y los viejos, los flacos y los gordos, los blancos y los negros, con todas sus capacidades y con capacidades diferentes.

Porque una sociedad se vuelve mas íntegra, mas completa, cuando muestra todos sus colores.

domingo, 31 de agosto de 2014

El fin de la ilusión



¡Y al fin la probé! Tanta expectativa acumulada con el correr de los días. Como siempre mi cabeza revoltosa había imaginado mil situaciones posibles. Pero una corazonada me decía que sería una experiencia liberadora. Que tiraría abajo esas barreras que inexplicablemente, lentamente uno va levantando con el paso del tiempo. Y me vi sonriendo feliz celebrando el momento.
Finalmente, como todo lo que pasa en mi vida, las cosas no resultaron como esperaba. Y en vez de reír y relajarme, me amargué y lloré. Lloré mucho, muchísimo. La experiencia liberadora que esperaba resultó más bien esclarecedora. Pues no siempre esta bueno ver las cosas claras. A veces más vale no ahondar en algunas heridas que parecen superficiales y luego son mas hondas de lo que se suponía. Y lo que terminé viendo fue que la tristeza que tengo adentro es más grande de lo que yo creía. Un abismo insondable de dolor sin fin que se asomó con fuerza a la superficie de mi ser y me apabulló mientras incontenibles lágrimas venían a mis ojos. Y por supuesto mi orgullo. El orgullo de no mostrarme vulnerable ante los demás. Así que levanté nuevamente mis murallas y me obligué a no seguir llorando.
El fin de la ilusión.
Seguramente es la más dura de las revelaciones.
Porque incluso la pérdida de alguien que amamos es mas tolerable si tenemos ilusión.
La que sea.
Ilusión de que en esa nueva dimensión tiene una vida mejor.
Ilusión de que con esa otra persona está más feliz.
Ilusión de que fue mejor así. De que tal vez algún día volverá.
Pero cuando ya no hay ilusión, no queda nada. Solo algunas certidumbres.
Y el espanto.
El espanto de imaginar cuanto tiempo mas habremos de vivir así.
Mi amigo me dijo riendo:
    Te pegó mal, nada más.
No me preocupa eso.
Haberme asomado al abismo, sí.


domingo, 17 de agosto de 2014

En la calle



                                           Milton

Vivía en la calle. En Boulevard Artigas, en la Plaza de la Bandera, para ser mas precisos. Un lugar céntrico en la ciudad de Montevideo. Ahí el césped esta cortado prolijo y bajo un grupo de arbustos de poca altura, en un hueco en la vegetación, Milton había extendido unos cartones sobre los que se acostaba. Se tapaba con un par de frazadas que le habían traído los del grupo de Voluntarios. Gracias a ellos podía tomar un tazón de sopa o guiso, a veces chocolate caliente cada noche en que la camioneta hacía el recorrido.
Había otros, muchos como él viviendo en las calles.
Varias veces le habían ofrecido trasladarlo a los albergues o refugios de invierno como se les llama. Pero invariablemente había rechazado la propuesta.

Es que a Milton lo acompañaban todas las noches dos fieles perros que dormían con el.
            _ En el refugio no aceptan a mis amigos_ decía cuando le preguntaban.
Era un hombre que había venido del interior a buscar trabajo en  la capital, pero la falta de estudios le hizo imposible encontrar algo. Después de intentarlo un tiempo se cansó, se dejó vencer por la apatía y el desánimo.
Y ahora hacía ya treinta años que vivía ahí.

            _ Son buena gente los Voluntarios, especialmente la señora Alicia, cocina muy rico, se reía y mostraba sus encías con los pocos dientes que le quedaban.
Tenía el pelo oscuro y con muchas canas, largo por la mitad de la espalda todo pegado formando una masa única. Los ojos oscuros de mirada penetrante.

Yo lo veía todos los días  cuando pasaba frente a la plaza para ir a trabajar.
Flaco y encorvado juntando agua en una botella de plástico desde una fuente que se encuentra casi sobre la calle.
Algo llamaba mi atención cuando lo veía y es que sonreía siempre. No parecía un hombre quebrado por la vida ni amargado por sus circunstancias.

Un día lo vi escribiendo. Sentado sobre sus frazadas, concentrado, absorto en su tarea rodeado por sus perros e innumerables bolsas y envoltorios en los que guardaba sus pocas pertenencias mundanas.

Algún tiempo después supe que Milton escribía poesía.

Había cursado solamente hasta quinto año de escuela, después se fue a trabajar de peón de estancia, pero lo aprendido no se había borrado de su mente.
Escribía con letra chiquita, infantil, las palabras como hormiguitas, pero en su corazón estaba la sabiduría de lo que aprendés en la calle.

Y lo volcaba en su poesía.

Les pidió a los voluntarios si podían llevarle un cuaderno y una lapicera.

       Cuando la luna asoma su cara redonda
       Viajo atrás en el tiempo y me acuerdo de ti
       Con mis suspiros te llamo rogando que vuelvas
       Pero es inútil. Ya no estás aquí.
      



                                        Gerardo

Integraba el grupo de los Voluntarios. Era un joven de unos treinta años, sociólogo con una gran vocación por el servicio y la ayuda humanitaria. Salía con la camioneta con otros compañeros a repartir comida caliente a los indigentes que se afincaban en el centro. Con una fuerte vocación de servicio es un tipo amable y preocupado por los problemas de los demás
            _ Son un grupo resistente_ nos decía. La mayoría de los sin techo aceptan ir a los refugios cuando arrecia el frío en la peor parte del invierno que son los meses de Junio, Julio y Agosto.
            _ Pero este grupo no quiere aceptar por no abandonar a sus perros, pero también porque no aceptan reglas, como bañarse y no fumar.
Algunos consumen alcohol y drogas y la calle les permite esa libertad.

Gerardo fue el primero en notar que a Milton le gustaba escribir por eso se ofreció a llevarle lapiceras y un cuaderno. Desde entonces Milton escribe dos o tres poemas por día. Allí vuelca todos sus sentimientos.
El poeta de la calle. Así lo llamo

 Es un tipo increíble, con una sensibilidad especial. Cuesta creer que con todo lo que le toca vivir, pueda escribir con tanta belleza y sentimientos. Así somos. Cada uno de nosotros muestra una imagen exterior pero por dentro nuestro universo es especial y único.
Gerardo y Alicia intercambian impresiones y opiniones sobre los indigentes que van conociendo.
¿Indigentes?
No se como referirme a ellos.
¿Desplazados?
¿Marginales?
¿Excluidos?
No se.

                                        Te fuiste un día
                                        sin decir porque
                                        dejando mi alma
                                        deshecha, lo se
                                        Un suspiro, una lágrima
                                        me quedan tal vez
                                        Y la cruel certeza
                                        de no volverte a ver.










                                              Alicia

Una mujer admirable. Llena de energía y compasión por los demás. Todo ese amor que tiene para regalar lo vuelca en la olla de los guisos y sopas que prepara  en el grupo de Voluntarios. Por eso son tan ricos.

    ¡Decile a Alicia que le quedó riquísimo! Y que le agradezco de todo corazón. Ella es un alma buena igual que todos ustedes que vienen aquí cada noche con las ollas.

Después de trabajar ocho horas en una dependencia del Estado, todavía encuentra tiempo para ir a cocinar en la sede del grupo.
Madre soltera con un hijo de doce años, que más que un hijo es su compañero de ruta, Alicia encuentra en el grupo un lugar donde expresar su vocación, así como un sentido a la vida.
    Si no ayudamos a los demás ¿qué estamos haciendo en este mundo? Se pregunta.

Viven en una casita modesta pero linda y luminosa en Villa Española que heredó de sus padres.

Un día le cuenta a Jessica que tiene una idea, que es un poco loca, pero que viene analizando desde hace un tiempo.


                                            Dulce dolor en el pecho
                                            puñal en mi corazón
                                            herida abierta que me dejó
                                            tu olvido y tu traición.




                                                 Jessica

Jessica estudia sicología tiene 24 años, es la más joven del grupo. Tal vez por eso se le ocurrió crearle un sitio web a Milton para empezar a publicar sus poemas y darlo a conocer. Ella misma se encarga de administrar el sitio y le puso de nombre Los poemas de la calle.
Con mucha paciencia le explicó a Milton de que se trataba el sitio y como funcionaba.
El respondía con alegría y entusiasmo.

Y así fue que la gente empezó a conocer su poesía y se detenían en la plaza a preguntarle si verdaderamente el era el poeta. Sonreía con su sonrisa de pocos dientes y contestaba a todos los curiosos que llegaban a preguntar.
Su escritura sencilla, salida  del corazón y de sus propias vivencias llegaba al alma del lector.

Por esos días a Alicia se le había ocurrido una idea que en principio parecía medio descabellada, pero pensándolo bien…
Quería ofrecerle a Milton el galpón que había al costado de su casa.
Estaba en buenas condiciones, no se llovía.
Originalmente se había hecho para guardar un auto, ahora ella lo usaba para guardar herramientas, escaleras y esa miríada de objetos que se guardan en una casa.
¿Y por qué no?
Milton no aceptaba ir a los refugios entre otras cosas por sus dos perros.
Ahí podrían vivir todos sin problemas. Haciendo una buena limpieza y consiguiendo los muebles básicos, sería posible acomodarse.
    ¿Vos estás segura? ¿Le preguntaste a tu hijo? Jessica se preocupaba.

La noticia cayó como una bomba en el grupo. Lo conversaban entre todos sin decirle nada a Milton, por supuesto, para no generarle expectativas.
Alicia se sintió realmente apoyada, comprobó que no estaba sola en la toma de decisiones difíciles, porque todos se sintieron responsables de la idea. Actuaron como una verdadera familia, dieron vuelta la idea al derecho y al revés, consideraron los pro y los contra y los posibles peligros. No querían que Alicia o su hijo corrieran ningún riesgo.
Pero al fin todo parecía concluir que no había nada que temer.
   

                                                 Miguel

Mi nombre es Miguel Alcántara tengo 42 años soy casado con una hija de 14 años. Integro el grupo de Voluntarios desde el 2011. Algo en la historia de Milton me engancho desde un principio por eso empecé a escribir sobre el desde que me enteré que le daba por escribir.
Primero unas simples anotaciones que fueron tomando forma de capítulos y ahora estoy abocado a armar todo eso como una novela y publicarlo. No tanto para mi provecho personal como para dar a conocer a Milton y su obra.

¡Se está volviendo una celebridad! Decía Gerardo.

Yo fui el que más objeciones puso a la idea de Alicia de llevarse a Milton a su casa.
No es que lo considere un hombre peligroso, tampoco es alcohólico, pero me preocupo por Alicia. Somos un poco como sus hermanos, como la familia que no tiene.
Al fin acepté la decisión de la mayoría, pensando que al fin y al cabo, entre todos podemos vigilar que las cosas vayan bien.

    
                                    Herido mi corazón
                                    por una pena de amor
                                    que va creciendo y se agranda
                                    a la par que mi dolor.






                                               


                                                La mudanza

Jessica fue la encargada de contarle a Milton nuestra idea. Al principio se lo tomó a risa, pensó que era una broma. Cuando le aseguramos que era así, se mostró sorprendido. No podía creer que la vida estuviera dándole otra oportunidad a esta edad y cuando ya no lo esperaba. Y una oportunidad que le permitiría empezar desde cero.
    Algo así como nacer de nuevo. Dijo emocionado.

En esa semana todos nos hicimos tiempo para ayudar a vaciar el galpón reparar el techo, acondicionar el pequeño baño que tenía, revestir el piso de hormigón con buenas tablas de madera. Hubo que reponer vidrios en la ventana y arreglar la cerradura de la puerta.
Conseguimos donaciones de cama, colchón y frazadas. Una pequeña mesa y dos sillas. Alicia colocó una planta sobre la ventana y así empezó a parecerse a un hogar.
No podría describir la cara de Milton cuando llego a la puerta y se detuvo a mirar.
Una mezcla de alivio, alegría y asombro. Por primera vez lo vimos derramar un par de lágrimas. Ni siquiera en los momentos más duros de su existencia había perdido su sonrisa.

Era una tarde soleada de otoño, atamos a los perros en el jardín y Gerardo y yo pasamos a la descomunal tarea de bañarlo, afeitarlo y cortarle el pelo.
Sería un hombre nuevo el que había de entrar en ese nuevo hogar.
Entre risas empezamos por pasarle la máquina de cortar pelo y luego un producto para desparasitarlo.
En una gran bolsa de residuos íbamos echando pelo, ropas viejas y restos de zapatos.
Luego de bañarse y cortarse las uñas prendimos fuego a aquel envoltorio.
Surgió un hombre de mirada dulce y sonrisa apacible.
Caminaba encorvado pero llevando en alto la dignidad humana.
La suya era una historia de superación, demostración viva y patente de que la vida da segundas oportunidades y está en nosotros aceptarlas o dejarlas pasar.

                   



                               Llegará un día en que las guerras terminarán
                               Imagino ese día en que la paz reinará
                               La humanidad toda en verdadera hermandad
                               Recorriendo caminos de amor y felicidad.



                                









                                              El nuevo Milton

Se convirtió en un abuelo para el hijo de Alicia. Sus dos perros jugaban con el perro de su nuevo nieto. Se sentaba en el jardín al sol largas horas mientras- el nieto- como el lo llamaba, le contaba de sus clases en el liceo.
El resto del tiempo escribía, regaba las plantas, alimentaba a los perros y las palomas.
Entre tanto progresaban dos proyectos, Jessica recopilaba sus poemas para armar un libro y yo escribía su biografía.
Su vida había cambiado para siempre y los recuerdos de lo vivido en la calle se plasmaban en poesías.
En medio de sus sonrisas y agradecimiento, en medio de nuestra alegría por lo que habíamos logrado, una duda en lo más recóndito de mi pecho, ¿y si no fuera feliz?
¿Añorará su antigua libertad?
¿Cómo se le dice no, a unas personas que deciden por nosotros con la mejor intención?            

                                
                                 Un grito que llega al cielo
                                 De amor y de libertad
                                 De libertad y de amor
                                 De alegría y hermandad.
                                

                                                  Fin
                                 







viernes, 27 de junio de 2014

Celestitud



Una tarde estaba acostado en mi cama cuando empecé a tener una experiencia extra-corpórea. Vi como mi cuerpo se elevaba, despacio, en la misma posición horizontal en que me encontraba. Me sentía embargado por una paz indescriptible. Llegué al techo y lo traspasé sin dificultad. Me vi entre las copas de los árboles primero y entre nubes después. Los pájaros volaban a mi alrededor y yo seguía flotando. El cielo lucía espléndido, celeste, despejado. Al salir de la atmósfera empezó a ponerse azul oscuro y luego negro. La sensación era maravillosa. No me dolía el cuerpo. Me olvidé del reuma y nada me preocupaba.
De repente sentí una terrible sacudida que me hizo regresar al momento.
Mi cuñado, agarrando mi brazo y zarandeándolo, me gritaba:

¡Despertate Pedro, que ya empieza el partido de Uruguay!

sábado, 14 de junio de 2014

La isla

Estaba terminando de trabajar esa noche. La mayoría de los empleados se había ido. Apagué la computadora, guarde papeles y carpetas en el cajón del escritorio, descolgué el saco del perchero y me lo puse apresuradamente. Quería irme de una vez y abandonarme entre los brazos de Andrea. ¡Ah, como amaba a esa mujer!  Tomé el teléfono móvil y llamé a mi esposa.
            —Laura, querida, voy a demorar un par de horas. Tenemos reunión con los socios inversores.
 …
 No, mejor no me esperes para cenar.
 …
Claro, voy a hacer lo posible por terminar rápido.
… 
Yo también estoy cansado y quiero dormirme temprano.
 …
Te mando un beso.
Apagué la luz de la oficina y salí al pasillo. Allí me encontré con Andrea que también salía. Nos besamos largamente, nadie nos veía.
Estaba hermosa. Con sus jóvenes 25 años y su apariencia fina y sofisticada es la típica asistente del director. Culta, inteligente y de gustos refinados.
Y por sobre todas las cosas, discreta.
Hace un año que somos amantes y jamás hemos tenido un inconveniente. Ella comprende mi situación, por eso nunca me hecho una escena, ni me pide cosas que sabe no le puedo dar.
Igual sabe que estoy loco por ella.
—Vamos amor, ¡no veo la hora de llegar a tu casa!
— ¿Preparo algo rico de comer? Estoy con hambre.
—No. Pedimos algo después. Primero te como a besos.
En su dormitorio hicimos el amor apasionadamente y terminamos a las risas haciéndonos cosquillas y bromeando.

Una semana mas tarde, el 18 de enero, más precisamente, era la fecha de aniversario de casados.
Seis años.
Recuerdo ese día claramente. Laura estaba bellísima. Una novia de tapa de revista.
Me casé convencido de amarla hasta que apareció Andrea y puso mi mundo patas arriba.
No era mi intención, no estaba en mis planes, solo sucedió.
Laura había hecho todos los arreglos para que ese día fuéramos en el yate hasta la isla y ahí pasar un día romántico, los dos solos, lejos de familia y amigos.
Acepté. No quise contradecirla, después de todo ella estaba muy ilusionada con la idea.

Esa mañana desperté con el sol dándome en los ojos, Laura había descorrido las cortinas de las enormes ventanas.
— ¡Vamos haragán, a despertarse, que es un día espléndido y hay que aprovecharlo! se rió.
Cargamos el auto con una gran cesta en la que llevábamos varias cosas y salimos rumbo al embarcadero.

Era un caluroso día de verano, con el cielo despejado, el agua azul y transparente. Una brisa fresca nos daba en el rostro.
Disfrutamos del viaje en el yate.
Laura estaba hermosa. Tiene 35 años pero parece más joven. Llevaba un bikini y encima un pareo estampado, el cabello recogido, lentes oscuros y grandes que le daban aspecto de modelo.
Estaba feliz conversando y riéndose.
Yo me sentía bien de verla así. Porque ciertamente tenía cargos de conciencia. Me sentía culpable por la infidelidad, pero tampoco me parecía justo abandonarla, decirle que ya no sentía lo mismo por ella. No era su culpa. Con el paso del tiempo vamos cambiando irremediablemente.

Llegamos a una parte en que no podíamos seguir mas en el yate, debíamos cambiarnos a un pequeño bote para poder transitar entre vegetación espesa, raíces y ramas bajas.
Ya muy cerca de la isla Laura se puso de pie y tomaba fotos.
No me explico bien que paso.
El bote se sacudió y Laura cayó al agua. Yo quedé agarrado del bote que se estabilizó y comenzó  a alejarse.
Laura agitaba los brazos, la veía subir y bajar en el agua, gritaba y parecía estar enredada en algo porque, aunque sabe nadar muy bien, no lograba salir.
Me sentí paralizado, incapaz de actuar, solamente la miraba debatirse en el agua.
Una parte de mi decía: ¡Hacé algo, ayudala! y otra parte decía: Dejala, dejala.
Laura desapareció de la superficie y yo debo haber caído en alguna especie de desvarío, porque no recuerdo como me rescataron algunas horas después.

Definitivamente hay un espacio en blanco en mi memoria. Mis primeros recuerdos son de esa noche,  la familia llorando, los amigos, la gente de la empresa, el funeral.
Desde entonces soy un hombre dividido en dos. Siento un gran remordimiento por no haberla ayudado, ni siquiera intenté extenderle una mano. Y creo que no voy a olvidar en mi vida esa mirada, mezcla de desesperación e incredulidad, como si dijera: ¿En serio no me vas a ayudar?
Al mismo tiempo siento como si me hubiera sacado un peso de encima.
Me veo libre de, al fin, hacer lo que quiero. Debo ser un monstruo.

Por supuesto hubo investigación policial. Me interrogaron. Varias veces. Descartaron interés económico de mi parte. Si bien Laura tenía su fortuna personal la mía es superior. Pero, se supo de mi relación con Andrea y eso provocó dudas.
De todas formas no encontraron pruebas contundentes y el tiempo, se sabe, apacigua todas las cosas.

Tengo pesadillas algunas noches. Siempre son las mismas. Los ojos de Laura mirándome con desesperación. Aparte de eso, mi vida volvió a la normalidad.
Me mudé de casa. No podía seguir viviendo allí. Me compré una casa moderna y lujosa pero más pequeña.
Han pasado seis meses y estamos haciendo planes con Andrea para vivir juntos una vez que se cumpla un año de lo ocurrido. No ocultamos nuestra relación y eso nos ha dado una mayor sensación de libertad.
Aunque desde hace unos días he notado a Andrea preocupada, se sobresalta con facilidad.
—Decime ¿que te pasa?
—Me siento observada. Como si alguien me vigilara.
—Pero ¿estas segura, o es solo una impresión?
—A veces veo como sombras que, cuando miro, se desplazan rápido. Seguro es mi imaginación. Estoy con mucho estrés sin duda.
—Tomate unos días de licencia. Vamonos a algún lado a descansar. ¿Te parece?
—Si, creo que es una buena idea.

La semana pasada cuando Andrea volvía de hacer unas compras, se encontró con su perro muerto, colgando de una cuerda, en la reja del jardín. Tuvo una crisis nerviosa. El médico le indicó sedantes y reposo por una semana.
Me pregunto si tendrá algo que ver con esa idea de sentirse observada. Y me pregunto quién querría hacerle daño.
Verdaderamente algo esta pasando. Cuando vuelvo de trabajar encuentro las cosas del jardín cambiadas de lugar, luces encendidas, cuando yo dejé todo apagado. Encontré en la puerta de casa un recorte de diario con la noticia de la muerte de Laura.
Un día me sorprendí con las ruedas desinfladas del auto y otro le habían rayado todo el costado de una punta a la otra.

Esta noche llegué del trabajo temprano. Estaba cansado y decidí volver antes. Cuando fui a poner la llave en la puerta, la encontré abierta. Había alguien en la casa.
¿Pero quién?
¿Laura? no puede ser.

Entré, encendí las luces y vi una silueta que se acercaba.
            — ¿Laura… es verdad?
            —Si. Es verdad. Soy yo
             —Pero, ¿como? No entiendo.
            —Logré liberarme de las ramas que me tenían enganchada, nadé hasta la isla, me quedé ahí.
            —Pero, los que me encontraron...
            —No, a mi no me vieron. No quise que supieran y arruinaran mi venganza.
            —Laura, no te imaginas, la alegría que me da saber que estas bien.
            — ¡No mientas!
En ese momento sacó un arma de su bolsillo y me apuntó directo a la cabeza.
            —Laura, yo...
Sentí un ruido tremendo, la explosión en la cabeza y ya no vi nada más.







viernes, 13 de junio de 2014

Clara, descubrirá su amor.


Vos sos bella
es la sociedad que es una mierda.

Yo te voy a contar lo que le pasó a Clara, una noche que ella estaba re triste. Por eso se encerró en el baño, agarró una hoja de afeitar y comenzó a cortarse los brazos, con rabia, bajoneada por lo que le había pasado con sus padres.
Lucía, su amiga, que vivía con ella justo llegó, y la sintió llorando. Le abrió la puerta de golpe y... ya se lo imaginaba, no era la primera vez:
—¿De nuevo?, ¿qué te pasó ahora?
—Mi padre —Le dijo llorando— discutió conmigo, me gritó mal y de no ser por mamá igual me pegaba un cachetazo.
—Siempre lo mismo con tu padre che... —y mientras le limpiaba las lágrimas negras de rimmel corriendo por sus mejillas, la sangre goteaba de sus brazos- No te preocupes... yo sé como alegrarte, vamos a comer unos chocolates viendo una peli, qué te parece.
—Sí, dale. Sos muy buena conmigo.
—Soy tu amiga y quiero verte bien —limpiando ahora la sangre de sus brazos.
¡Pah... que fuerte!, le pasaba como a mí, pero... ¿es verdad o te lo estás inventando?
Es real, después te cuento quién es Clara, pero dejame que te termine la historia: se acostaron juntas a ver la peli, y...
—¿Que miramos, el secreto de la montaña? —le dijo Lucía, mientras Clara, abría delicadamente la caja de bombones y Lucía, apoyaba sus pies arriba de la mesa
—No... Mejor miramos la laguna azul
—No, no, te va a gustar; pará que la busco en la compu y ya vas a ver
El asunto es que nunca terminaron la peli, Lucía se quedó  dormida en la mitad y Clara, feliz, se durmió poco después abrazada de su compañera. El despertador sonó a las siete, tenía que ir a su trabajo en la disquería; eligió una remera de manga larga —oscura como siempre— y viéndose reflejada en el espejo, tomó entre sus dedos índice y pulgar, la cruz invertida que siempre llevaba en su cuello. Antes de salir, besó a Lucía en la frente sin llegar a despertarla.
—Clara, ¿llegando tarde como siempre? —le dijo Soledad, su compañera de trabajo, mientras que su jefe, Juan, hizo un silencio cómplice antes de aclarar:
—Llegaron unos discos nuevos de género dark, ¿por qué no te pones a organizarlos?, y vos Soledad —más firme— empezá a atender a los clientes que ya están entrando.
Y mientras Clara estaba haciendo su trabajo, le sonó el celular; se sorprendió al ver que era su madre. Atendió nerviosa:
—Hola... ¿mamá?
—Hola Clarita, ¿cómo estás hija?
—Bien... bien...
—Me siento muy mal ¿sabes?, por la discusión que tuviste con papá el otro día; ¿por qué no venís a comer a casa... y lo charlamos en familia?
—No sé, vos sabes como es papá de difícil
—Ya sé, pero entre las dos, seguro le tocamos el corazón
—Bueno, está bien, voy mañana a las doce; besos
Esa noche, ya en casa con Lucía, le cuenta emocionada la  posibilidad de arreglar las cosas con su padre.
—No sé Lucy... estoy tan nerviosa, ¿qué hago?
—Y... mirá, pa empezar, no llevés la ropa de siempre, ya sabés que a tu viejo no le gusta esa onda; yo te puedo prestar algo, tengo de todo
—¡Ay sí!, vamos a revolver el ropero, me encanta
—Dale, vení —Y tomándola de la mano la lleva al dormitorio donde comienzan a sacar todo tipo de vestidos, blusas, pantalones, zapatos... y hasta la ropa interior acabó sobre la cama.
—Bueno, y ahora: a probarse la ropa
—¿Las dos?
—Sí, claro
A poco y estaban las dos desnudas frente al espejo. Se reían y hacían caras, hasta que una de ellas, empezó a acariciar a la otra... y cuando quisieron acordar, estaban en la cama entre un montón de ropas, besándose y tocándose sin miedo, sin vergüenza, simplemente dejándose llevar. Esto trajo un cambio en la relación entre Clara y Lucía, ya que ahora, compartían un secreto además de su amistad.

A la mañana siguiente, Clara no se vistió con la ropa oscura de siempre,  llevó las prendas deportivas de su amiga, pero le costaba dejar su cruz invertida, y decidió esconderla dentro de su escote.

Para el mediodía, estaba en  la gran casona de Carrasco, en el comedor, con su madre y su padre; sentado a la cabecera como siempre. Hacía mucho que no los veía, y esperaba que las cosas anduvieran mejor.
La saludaron y le preguntaron cómo estaba, cómo le iba en el trabajo, y sobre lucía. Clara contestaba lo mejor que podía, aunque aquello se parecía cada vez mas a un interrogatorio policial. Como siempre, su madre, se mostraba más cariñosa que su padre, quien se limitaba a fruncir el ceño articulando pocas palabras.  Terminaron de almorzar y antes de irse, Clara, le dio una llave del apartamento a su madre, para que fueran a verla cuando quisieran.

El resto del finde, transcurrió con normalidad. Llegó el lunes y en su trabajo, podía sentir como Juan la observaba, la observaba así como un hombre observa a una mujer. Ella se sentía incómoda, recordaba a Lucía, y estaba segura de sus sentimientos por ella. La tarde pasó rápido, y pronto terminó su horario.

Cuando Clara entró a casa, Lucía no estaba, entonces quiso sorprenderla con una cena. Para cuando llegó su compañera la mesa estaba servida a la luz de las velas, con un hermoso arreglo floral y una suave melodía que llenaba el  ambiente. Comieron, charlaron, bebieron, rieron y al terminar, alegres con el vino, se desnudaron y empezaron a perseguirse, esconderse y encontrarse, hacerse cosquillas y acabaron haciendo el amor en el sillón, justo enfrente a la puerta que se abre... Y eran sus padres.

¡Ay...!, me imagino la cara de los padres...por favor
Y la cara de ellas, ni te cuento. Quedaron los cuatro mirándose. Y el padre fue el primero en reaccionar:
—¡Lo único que me faltaba!, ahora también: ¡lesbiana! -Se dio media vuelta y se fue.
La madre, más tranquila, lo seguía diciéndole: "José Luis, por favor, no le hables así". Cuando llegaron a la calle, el padre de Clara se detiene y se dobla agarrándose el pecho. Irene, llamó a la emergencia, el médico le explicó que había sufrido un infarto y esa misma noche, lo internaron en el CTI con un pronóstico reservado.

A la mañana siguiente, y sin saber nada, Clara, llegó al trabajo diez minutos tarde. Encontró a Juan hablando con Soledad. Hablaban bajito, con las caras muy cerca el uno del otro. Sintió algo así como celos. (¿Por qué?), se preguntaba, (si estoy enamorada de Lucía, ¿qué me importa Juan?). Igual quedó toda la mañana con un sentimiento... raro. Al mediodía la llamó su madre, para decirle que su padre estaba internado. Clara se largó a llorar enseguida, mientras que su madre, le explicaba que durante la madrugada su padre había tenido un segundo infarto. Clara pensaba que era su culpa, porque la había visto con Lucía. Colgó, le explicó a Juan lo que pasaba en medio de las lágrimas y le pidió para irse al sanatorio. Juan se mostró muy conmovido:
 
—¡Sí, por supuesto!, ¿queres que te lleve? Lo que precises.
En los siguientes días, en que Clara estaba muy angustiada, Juan estuvo acompañándola todo el tiempo, y así pudo conocerlo más. Vio que era un gran tipo, solidario y generoso. Su padre, por desgracia, nunca salió del CTI; pero vivió lo suficiente para que Clara, pudiera reconciliarse con él.

Poco tiempo después Juan y Clara se pusieron de novios, pero en serio. Y un año más tarde se casaron.

Y vos... ¿por qué me contas todo esto, qué tiene que ver  conmigo?
Porque te veo mal, con ganas de cortarte los brazos otra vez. Y quiero mostrarte, que si a Clara se le arreglaron las cosas, a vos también se te pueden arreglar.
¿Pero... de dónde conocés a esa gente?
Si vos ya los viste un par de veces, Clara y Juan, son mis padres.




sábado, 7 de junio de 2014

En el ascensor

Eran cerca de las 20 horas cuando Elisa terminó su trabajo, apagó la computadora y salió de la oficina. Estaba ella sola, sus compañeros se habían marchado antes, pero ella tenía trabajo atrasado que quería terminar. El edificio se veía vacío. Las oficinas todas terminaban su trabajo a las 19.
Subió al ascensor. Dos pisos mas abajo se abre la puerta y entra un hombre atractivo que Elisa no reconoció, seguramente algún gerente, por su aspecto ejecutivo. No se prestaron atención.
De pronto se corto la energía y el ascensor quedó detenido y totalmente a oscuras. Elisa gritó con miedo.
                           — ¿Que hacemos ahora?
                           — No te preocupes. Es solo un apagón. Ya va a volver.
Los dos, automáticamente, agarraron sus teléfonos móviles y descubrieron que no había cobertura.
                           — ¡Este edificio viejo sin generadores de emergencia!
       —     Alguien va a dar aviso. Quedáte tranquila
                          Si. ¿Quien? De noche solo queda la seguridad.
                             —Por eso te digo. Alguien va a avisar. Mejor nos sentamos. Capaz demoran un poco. Se sientan con las espaldas apoyadas en la pared del ascensor, los brazos rozándose, y en ese momento Elisa empieza a llorar. Matías trató de consolarla.
                       —No llores, ¿te esta esperando alguien, que se asuste por tu demora?
                       —No, pero podría estar en casa dándome un baño ¿Y vos, te espera alguien?
                       —Mi perro, que le doy de comer al llegar.
Matías le pasó el brazo por los hombros y la acercó a el.
En medio de la total oscuridad Matías la besó. Y ella le devolvió el beso con tanta ganas que se sorprendieron los dos. Fueron resbalando de sentados a acostados.
Y ahí mismo, tal vez por la incertidumbre, el miedo o lo que fuera que los conectaba, empezaron a acariciarse por debajo de la ropa.
Se olvidaron de todo y empezaron a hacer el amor
                       — ¿Y si viene la luz de golpe y se abre la puerta? Preguntó Elisa
                       —Es lo que menos me importa en estos momentos.
Dulzura, ternura, ganas y pasión.
Cuando terminaron se arreglaron la ropa lo mejor que pudieron dada la oscuridad y volvieron a sentarse, Elisa apoyando la cabeza sobre su hombro y el tomándole las manos.
                        — ¿Te ha pasado muchas veces esto de quedarte atrapada en un ascensor? le pregunto riéndose.
                        — No, nunca.
En ese momento se encendió la luz y el ascensor retomó su marcha.
Frente a frente y mirándose intensamente a los ojos por primera vez, se ayudaron a arreglarse la ropa y el pelo.
Elisa tenía el maquillaje corrido y el se lo limpiaba suavemente con su pañuelo.
El ascensor se detuvo, salieron caminando despacio, tomados de la mano, como si fueran una pareja de hace mucho tiempo.

Los dos iban sonriendo.

Tu sombra



                                                                                        Todo me recuerda a ti,
                                                                                         tu sombra sigue aquí.
                                                                                              Sheena Easton

Mi nombre es Maria Elena y trabajo como enfermera en el hospital de la ciudad. Tengo treinta y cinco años y estoy separada, sin hijos. Durante el año siguiente a mi divorcio no quise volver a buscar pareja. Tan dolida estaba, tan fracasada me sentía, había puesto mucha ilusión en mi matrimonio. Pero, el tiempo lo cura todo, dicen, y es verdad en parte. Volví a alimentar la ilusión de tener a alguien a mi lado, de no dormir sola.
Intenté iniciar relaciones, varias veces, todas fracasaron. Luego decidí quedarme así. ¿Acaso es imprescindible tener pareja? Empecé a sentirme bien conmigo misma, a aceptarme totalmente.

Hasta que un día apareció él.
La vida te hace a veces esas jugarretas.
Era técnico radiólogo. Atractivo, con una personalidad deslumbrante. Nos cruzábamos varias veces en el trabajo y empezamos a comer juntos en la hora de descanso. Fue amor a primera vista. Intenso, sublime, como el de los adolescentes y cuando ya no lo esperaba.
Me cambió la vida y me dejé llevar. Yo amaba su sentido de la libertad. Su falta de prejuicios, de convencionalismos, de  reglas. Me amó sin medida y lo amé sin medida.

Por ese entonces, empezó a llamarme Elenita. Yo jamás había tenido sobrenombre o apodo. Ni siquiera de niña. Por eso me sonaba un poco raro, pero por supuesto me acostumbré. Como me acostumbré a todo lo que viniera de el.
Y pasó algo extraño. Todos los demás compañeros de trabajo, empezaron a llamarme Elenita. No me gustaba el sobrenombre, pero terminé aceptándolo.
Al fin y al cabo él me llamaba así.

Un día se fue de mi vida así como había llegado, sin aviso, sin que yo lo esperara y quedé hundida en el abismo. El dolor se volvió insoportable.
Ha pasado el tiempo y aun me pregunto… ¿por que?
Su partida me dejó muchas cosas.
Su recuerdo imborrable.
Su presencia que permanece en mi vida, como una sombra que me acompaña siempre.
Su imagen, que me parece ver, caminando por los pasillos del hospital.
El calor de sus labios cuando me besaba.
Pero me dejó algo más.
Mis compañeros de trabajo siguen llamándome Elenita. Así aumenta mi dolor cada vez que me nombran. Y el fenómeno parece aumentar y multiplicarse. Porque algunos de mis viejos compañeros se han ido, a probar suerte en  mejores empleos, o se han jubilado.
Y los nuevos que los sustituyen también me llaman Elenita.
Como si no alcanzara con lo que ya tengo.

Como si no fuera suficiente.

viernes, 30 de mayo de 2014

Imaginación!


La casa

Los niños jugaban esa tarde, al fondo de la casa. Corrían y se perseguían riendo a carcajadas. Sin darse cuenta fueron a dar a los fondos de la casa  vecina. Escucharon voces y se detuvieron para oír mejor. Eran gritos. Se acercaron, y a través de los vidrios rotos, vieron las sombras de un hombre y una mujer. 
 Ella suplicaba o lloraba. Y también se oían golpes.
Se asustaron y resolvieron volver.
Al llegar a casa fueron a contarle enseguida a su madre.
                ¿Acaso no les dije que no fueran a la casa abandonada?
    Pero, mamá ¡no está abandonada! Nosotros los vimos.
    ¡Vayan a hacer los deberes!

Los niños se fueron al cuarto. El abuelo, que había escuchado desde la cocina, se acercó a su hija.
    ¿Qué pasó?
    Nada, los chiquilines, inventando historias.

    Vos no te acordás. Pero hace treinta años, vivía un matrimonio ahí. El marido, celoso, mató a la mujer a golpes. Tu madre, que en paz descanse, siempre me decía que escuchaba voces cuando pasaba por ahí. Y yo nunca le creí.

domingo, 18 de mayo de 2014

Gustavo

Gustavo se estaba enamorando de su compañera. Trabajaban en una oficina en el centro, con otras veinte personas mas entre los que había jefes y encargados. Para su mala suerte, ella era justamente su encargada. Y eso hacia mas difícil el poder acercarse a ella de otra forma que no fuera lo estrictamente laboral.
Cada día fantaseaba, imaginando posibles situaciones en la que pudiera hablarle. Siempre había sido un joven tímido, no muy conversador pero ahora, frente a ella, se sentía mas acobardado aun. Tal vez por su belleza , su alegría y facilidad de palabra. Y como si todo esto fuera poco, estaba Manuel. Era el jefe de todos, un tipo atractivo, dinámico, se llevaba el mundo por delante y parecía interesado en ella, en Cristina, así se llamaba.
 Gustavo, fluctuaba entre decidirse a tomar alguna iniciativa y deprimirse pensando que no tenía chance, frente a la competencia de Manuel.
Un día, mientras esperaban que se copiaran unos documentos, Gustavo le pregunto si le gustaba el cine.
                        —Si, me encanta, le contesto
                        —Y que tipo de películas te gustan?
                        —Las comedias y las románticas, mas que nada, pero también de ciencia ficción.
                        —Ah, a mi también me gustan! Viste que estrenaron Godzila? Podríamos ir a verla, si te parece...
                        —Si... podríamos ir, un día.
Y juntando los documentos se fue a su escritorio.
Era algo, pero no mucho. Se preguntaba si volver a hablarle de lo mismo al día siguiente- no quería quedar como un pesado.
La cosa fue que no tuvo oportunidad de hablarle en los siguientes tres días.  El lunes siguiente, cuando iba pasando cerca del escritorio de Cristina la escucho hablar con otra compañera. Hizo como que revolvía papeles para demorarse y poder oír lo que hablaban. Cristina le contaba que el fin de semana había ido con Manuel al cine.
                        —Creo que me gusta, le dijo, pero no comentes nada. Es el jefe. Mas vale ir despacio.
                        —Quedate tranquila que no digo nada, pero vos seguime contando jajjaja.
Se le vino el mundo a los pies. Cada día que pasaba sentía que le gustaba más. Era tan hermosa y alegre. Tendría que empezar a sacarsela de la cabeza. Tal vez buscar a alguna otra mujer que lo ayudara a olvidar.
Pero no pudo hacerlo. Ni olvidarla ni salir con otras mujeres. Pasaba los fines de semana en casa, pensando en ella, o a lo sumo juntandose con amigos.
El tiempo se deslizaba lento y sus días todos iguales. Unas dos semanas después, recibió una noticia que lo dejo paralizado, Cristina se estaba despidiendo de todos porque había conseguido un trabajo mas conveniente
¿Y ahora? Ya no iba a verla más cada día.
Intentó andar cerca de donde ella estaba a ver si escuchaba algo. Y lo consiguió. Cristina le contaba a su compañera que se sentía decepcionada.
            —Imaginate. Después que salimos como tres veces me vengo a enterar de que es casado.
            —Pero se ve que lo tiene escondido, porque aquí nunca comento nada. ¿Y por eso te vas
a otro trabajo?
            Y si, no puedo seguir acá, viendolo todos los días. tengo una bronca!
            Haces bien.
Otra vez sintió en el pecho la presión de la duda. Que hago? La espero a la salida y le digo todo lo que siento? O le doy un poco de tiempo para que se enfríe todo?
Hoy hace un año que paso todo esto.
Gustavo esta en la cama despierto y a su lado esta Cristina, su esposa, dormida. son felices y llevan una vida sin sobresaltos. Pero no puede dejar de preguntarse que hubiera pasado si Manuel no fuera casado. 
Si a Cristina no le hubiera importado. 
Si el no se hubiera animado a hablarle. 
Es feliz, si. Aunque tiene esa rara sensación en el pecho de ser la segunda opción.


La lenta máquina


sábado, 17 de mayo de 2014

El circo en el pueblo

Esta es una historia real, me la contó mi abuela. Cuando yo tenía diez años vivíamos en un pequeño pueblo del interior. En realidad se trataba de una ciudad, prolija, con sus casas alineadas, pintadas de colores llamativos, las calles limpias y los jardines arreglados. En la misma cuadra  también vivía la familia Ledesma García. Eran buenos vecinos, una familia acomodada, propietarios de un importante comercio de librería y juguetería en el centro mismo de la ciudad frente a la plaza. El matrimonio tenia tres hijos, dos muchachos de veintidos y veinte años y la pequeña María Luisa de diecinueve. Y digo pequeña pues esta chica había nacido con Acondroplasia, el nombre clínico de una condición que todos conocemos como enanismo. Era una chica hermosa, alegre, inteligente, que había terminado el bachillerato con excelentes notas y ahora estudiaba sicología.
La vida cambiaría drásticamente para ellos a partir del día que llego el circo al pueblo. Entraron con un estruendo impresionante, los trailers de los artistas —que eran familias enteras— mas los vagones jaula de los animales. Traían perros caballos, monos y hasta un elefante. Los chiquilines del pueblo estabamos fascinados siguiendo cada movimiento que hacían, mientras se instalaban en un gran predio baldío cerca de las vías del tren. El día de la primera función estaba todo el pueblo presente. Los Ledesma estaban sentados en la misma fila que nosotros, aplaudiendo, felices con el espectáculo. Cuando llego el número de los caballos nos sorprendimos al ver que quien actuaba con ellos era un joven enano de unos 25 años. No pude evitar mirar hacia mi costado donde estaba Maria Luisa que estaba entre sorprendida y feliz. Cuando termino el espectáculo todos los integrantes salieron juntos al ruedo al saludar. Los espectadores aplaudiendo a rabiar, poniéndose de pie y retirándose al mismo tiempo. La familia de María Luisa saliendo y ella un poco más atrás mirando al joven enano. Cuando vio que el también la miraba, acerco su manito a la boca y le soplo un beso, el sorprendido, hizo el movimiento de atrapar el beso en el aire y poner su puño cerrado sobre su corazón.
Que decir que a partir de ese día María Luisa asistía a todas las funciones que el circo dio. Iba sola, su familia ya había visto la función.
Un mes después el circo empezó a desarmar sus instalaciones y al día siguiente se marcharon con el mismo estrépito que cuando llegaron. Y ese mismo día María desapareció. La familia entera se encerró en su casa. La madre lloraba, el padre y los hermanos estaban enojados con la forma como Maria Luisa se había marchado. Los vecinos no nos animábamos a preguntar por ella, para evitarles el enojo y el sufrimiento, pero todos sabíamos que Maria Luisa se había marchado con el circo. Pueblo chico infierno grande, dice el refrán, y es verdad. Pronto supimos que los padres no le perdonaban que hubiera abandonado su carrera universitaria, su futuro acomodado, por seguir a un pobre enano vagabundo pues no tenia ni un lugar fijo donde vivir. Que hubiera cambiado la posibilidad de atender pacientes en un consultorio coqueto, por vivir en un carromato y tener un número corriendo caballos y haciendo acrobacias sobre ellos. A nadie se le ocurrió pensar que ella era joven y que tenía derecho a enamorarse como cualquier persona. Y tampoco nadie pensó que solamente alguien con su misma condición podría ser su pareja.
Pasaron dos meses de aquel funesto día para la familia, cuando llego una postal de Maria Luisa contándoles donde estaban. Les decía lo feliz que era y como esta había sido la mejor decisión que había tomado en su vida. Con el tiempo la familia se fue resignando y cada mes, recibían una postal desde un lugar diferente donde el circo se instalaba y leían todas las novedades que Maria Luisa les contaba. Luego empezaron a llegar fotos y videos. Al fin terminaron por admitir que todo esto había sido lo mejor para ella. Solo cuando me hice adulta y tuve hijos comprendí cabalmente que los hijos no son de nuestra propiedad y que por muchos planes que hagamos, ellos seguirán su camino. Y así está bien.


Sea lo que sea


Informe sobre caricias de Mario Benedetti


domingo, 4 de mayo de 2014

Te transforman


Mi padre, el Rey



Estábamos en medio del campo de batalla los soldados mi padre y yo. Combatíamos ferozmente, la victoria ya era nuestra, el enemigo en retirada, cuando veo pasar una flecha rápida como un rayo, que se clava en el pecho de mi padre. Lo sostengo mientras se doblan sus rodillas, irremediablemente muerto. Se produjo un silencio en mi cabeza. Todo el estruendo de la batalla desapareció, dejándome sumido en el dolor.
Se cumplieron  los rituales funerarios de acuerdo a su condición. Cuando el barco estuvo listo depositaron su cuerpo junto a las ofrendas. El sol caía sobre el horizonte.
Un apretado grupo humano de familiares, soldados y amigos nos encontrábamos de pie en la orilla. El pueblo mirando con dolor, con asombro.
Empujaron la barca. Se deslizó mansamente. El cuerno emitía un sonido grave y prolongado. Los arqueros reales levantaron sus arcos y las flechas fueron encendidas.

Dispararon y la barca toda se convirtió en un incendio que competía con el rojo del atardecer.

miércoles, 23 de abril de 2014

En el bar


.Hacía como dos meses que Carlos y Enrique no se veían. Se mantenían en contacto por Facebook y por el celular pero por una razón o la otra no habían encontrado el momento para hacerlo. Hoy se encontraban en el bar.
—¡Carlitos, tanto tiempo! Sentate. ¿Qué tomás?
—¡Henry, que alegría! Un café.
—¡Al fin nos vemos, che!
—Si, de veras. ¿Andas bien?
—Si. Re bien. ¿Vos?
—Si, bien. Tranqui. Ya sé que de amores andas bien.
—Si. Por suerte. Marina es bárbara. La verdad estoy re contento. Al fin la vas a conocer personalmente.
—¡En serio. Que vergüenza que todavía no la conozco! Solo por tus cuentos. Es tremenda piba, ¿no?
—Si. Una genia. ¿Y vos? ¿Algún amor en el horizonte?
—Calláte, que ayer haciendo cola en la Intendencia para un trámite, me pongo a conversar con una morocha. No te voy a decir a decir que es una modelo de tapa de revista, pero tiene una belleza tranqui y parece linda persona también.
—¡Mirá que bien! ¿Y quedaron en algo?
—Si. La invité a tomar un café el fin de semana. No me quiso dar su número, me pidió el mío y me dijo que ella me llamaba de noche para confirmar. Yo le di el número y me dije¡ta, no me va a llamar nada! Pero a eso de las nueve, me llamó y quedamos para el viernes.
—¡Que bueno, ojala todo salga bien! Así después podemos salir juntos los cuatro —dijo riéndose.
—¡Si, buenísimo!
Enrique, —mirando por encima del hombro de Carlos— ve que entra Marina.
—¡Mirá, ya llegó!
Ella buscando con la mirada entre todas las mesas, el bar estaba lleno de gente. Carlos se da vuelta y ve espantado que Marina es la mujer con la que habló ayer. Se atora con el café y empieza a toser ruidosamente. Enrique moviendo el brazo en alto y riéndose. Carlos tratando de pensar a mil por hora: (¿Qué hago, voy al baño y gano tiempo?). Demasiado tarde. Marina ya estaba al lado de la mesa.
—Carlitos, esta es Marina, mi novia.
—¡Mucho gusto!
—¡Encantada de conocerte! Henry me habló mucho de ti. Se la veía tranquila, sonriente.
Carlos se preguntaba: (¿estará loca o se hace la viva?).
—Mari, ¿sabés que Carlos está enamorado? —Riéndose—  parece que encontró la horma de su zapato.
—¡Ah, que bien!
—Según Carlos no es una gran belleza, pero está linda. —Divertido y riéndose.
—¡Ah…!, ¿no es muy linda? —Respondió Marina mirándolo de frente y mostrándose risueña.
—No, no —contestó Carlos— ¡es muy linda, si!Poniéndose de pie— bueno, me tengo que ir, ustedes tienen mucho para conversar.
—¿En serio, te vas ya?
—Si, si, nos hablamos, ¿eh?
—Dale, nos hablamos —Y se fue pensando, (¿y ahora, como sigue esto?).

El hallazgo


domingo, 6 de abril de 2014

Crimen en la biblioteca

Recuerdo el día en que la maté. Yo sabía que ella estaría en la biblioteca entre las tres y las cinco de la tarde. No es que la hora y el lugar fueran adecuados para un crimen, pero ella no salía de noche, ni andaba en lugares solitarios. Así que me dije a mi mismo, que sea ahí.
La biblioteca es muy grande y tiene un entrepiso enorme donde están los libros técnicos que son los que ella lee. Ese sector no es frecuentado por mucha gente que digamos.
También sabía que me estaba engañando con otro hombre desde hacía tiempo. Yo mismo los vi salir juntos de la universidad donde estudiaban, y también los vi sentados en el café de enfrente, conversando animadamente.
Así que esa tarde llegué temprano a la biblioteca y me fui inmediatamente arriba, a esperar por ella.
 Sentí algunos pasos que subían la escalera, el sonido apagado por las alfombras y supe que llegaba.
Me agaché como buscando libros del estante mas bajo y distinguí, por el rabillo del ojo, su silueta inconfundible. Llevaba un fresco vestido de verano y sandalias de tacón alto. Bella, como siempre. No me vio. Me acerqué por detrás, le puse una mano en el hombro, se dio vuelta y me miró con sorpresa como diciendo ¿Qué haces aquí? Sin mediar palabra la apuñalé con una navaja que llevaba en el bolsillo. No emitió sonido alguno. Bien, no habría testigos. Con la misma expresión de sorpresa fue cayendo mientras yo la sostenía por los brazos. La deposité en el piso. Y empecé a bajar las escaleras.
Iba despacio, sin apuro, seguro de que nadie se había enterado. Crucé la puerta y salí al calor sofocante de la calle.
Me detuve a mirar una vidriera frente a una casa de música que estaba pasando el tema Creep de Radiohead y recordé como nos gustaba escuchar esa canción.
De pronto una sensación de náusea y escalofrío mezclados se apoderó de mi al acordarme, que cuando tomé la decisión de matarla, también dije que inmediatamente yo me suicidaría.
Ahora no estaba tan seguro de poder hacerlo.
Ya pasaron dos semanas desde ese aciago día. Ninguna sospecha recayó sobre mí. Me he mostrado dolido y sufriendo ante todo el mundo.
Ayer por la tarde tocaron a mi puerta y que sorpresa al ver que se trataba del hombre con quien ella se estaba viendo.
Entró presentándose y dándome la mano. Yo no salía de mi asombro. Pensaba: ¡Que descaro!
Empezó a hablar y ahí fue cuando el mundo se derrumbó para mí.
Me contó que desde hacía unos meses ellos estaban sospechando que eran hermanos por parte de padre. No habían querido decir nada todavía hasta estar seguros con unas pruebas de ADN que se estaban haciendo. Ahora los resultados ya estaban prontos y confirmaban las sospechas.
Lo que siguió hablando ya no puedo recordar. La cabeza me daba vueltas. Decía algo como que quería relacionarse conmigo ya que éramos algo así como cuñados y compartíamos el amor por ella.
No se como terminamos esa conversación. Eventualmente se fue. Y yo, como si las piernas me pesaran toneladas, me dirigí al baño, llené la bañera, me metí adentro y me abrí las muñecas. Espero dormirme pronto.



Un grande!


sábado, 5 de abril de 2014

Sobre el cuento: De mi vida

El cuento De mi vida participa de el Taller de Escritura de este mes de Literautas

De mi vida

Mis días transcurren lentos. Todos iguales. En esta celda oscura en la que me encuentro.
Apenas logro distinguir el día de la noche por un tragaluz que esta casi junto al techo y que filtra algo de luz, si está soleado. Pero en días nublados, todo se parece, nada se diferencia.
Desde que me apresaron he tenido tiempo más que suficiente para reflexionar y revisar mi vida toda.
Estoy convencida que ha sido buena, que ha valido la pena.
Todo lo que hice fue con la mejor intención. He querido ayudar, ser útil a los demás.
Pero claro, una mujer que vive sola, no es bien vista por nadie. Las mujeres debemos estar sujetas a nuestros padres y hermanos primero. Luego a nuestros maridos e hijos. Tuve la mala suerte que mis padres murieron cuando yo era una niña, luego mi marido también falleció al año de estar juntos. Y cuando quise intentar tener un nuevo amor, fui duramente criticada.
Yo se lo que se comentaba a mis espaldas. Que una buena mujer, en mi situación, debía internarse en el claustro de las Hermanas de la Misericordia.
Pero yo no quería ese destino para mí. Me sentía llena de vida, con ilusiones y muy joven aun para encerrarme.
¡Que ironía! La vida parece hacerme burlas. Y el claustro que no quise en aquel momento, lo tengo que padecer ahora, pero peor, porque en aquel al menos tendría una cama y algunos muebles, mientras que en esta mazmorra del castillo del Duque estoy sentada y duermo en el frío y húmedo piso de piedra.
Recuerdo cuando empecé a recolectar hierbas medicinales. Aprendí como usarlas. Ayudar a personas con distintas enfermedades fue lo mas natural y todos aquellos que no encontraban curación con los médicos del pueblo, venían a mi, pero escondiéndose, para que no se supiera. Y luego, cuando se recuperaban de la enfermedad, nunca admitían que había sido con mi ayuda.
No me importaba. Yo sabía que estaba haciendo el bien.
Hace ya tres semanas que uno de los carceleros del castillo me trajo aquí arrastrándome de un brazo y empujándome. Nunca me miró a los ojos porque se acordaba bien de mí, de cuando curé a su hija de unas fiebres rebeldes que ningún médico podía curar.
Nadie de las personas que ayudé, ni sus familiares salieron en mi defensa cuando me sacaron de mi casa por la fuerza.
Pero sí, alcancé a ver la mirada triste de unas cuantas mujeres, que recordaban como las había ayudado en los partos o después con sus recién nacidos.
Unas pobres desgraciadas como yo, impedidas de hacer algo.
Se limitaron a verme pasar con las manos atadas caminando detrás de los caballos de los guardias de palacio.
Vi también algunas caras escondidas entre los visillos observándome, con tristeza, con sorpresa, con miedo.
¿Y ahora que espero?
Pues la benevolencia del Duque.
El puede darme, si así lo desea, el perdón y ordenar liberarme.
¿El perdón de que?
De ayudar a los demás, digo yo.
De practicar las artes oscuras, dice él.
El sabe todo sobre mi vida. Este es un pueblo pequeño donde todos nos conocemos. Es consciente de que no represento peligro alguno para nadie. Que soy una mujer pacífica.
Pero me temo que se encuentra presionado por poderes superiores a él y a su voluntad.
Por lo que no me siento segura para nada.
Mientras estoy envuelta en estos pensamientos, siento pasos y voces que se acercan por el pasillo. No es hora de traerme comida. Tal vez llegó el momento de mi liberación.
Eso creo.
Se descorren los cerrojos de la pesada puerta y veo a dos carceleros que se abalanzan sobre mí, me agarran de los brazos y levantándome del piso me sacan a la fuerza.
-         ¡Vamos bruja! Se acabó el juego. En unos minutos estarás ardiendo frente a todo el pueblo.

-         ¡Malditos! ¡Sean malditos por siempre!